| Odisea de un Naufragio |
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Era el 31 de diciembre, (el año no se precisa), cuando el barco pesquero llamado Don Jaime pescando en alta mar comenzó a hundirse con cinco tripulantes: Indulfo Mejillones, Vidal Mite, Melquiades, (ambos de Playas), Segundo y Lucho. El barco se hundió totalmente porque estaban en aguas profundas. Lucho, que era de la Sierra, se fue hundiendo lentamente hasta desaparecer junto con el barco, Vidal se alejó en una boya, Melquiades y Segundo también se alejaron en un tanque de diesel vacio, mientras que Indulfo Mejillones quedó solitario y flotando. Era más de medio día y solo veía cielo y agua, rogando a Dios que su compañero Vidal hubiera encontrado algún barco en la inmensidad del mar. En esas meditaciones le llegó la noche agarrado a un pedazo de tabla que había caído del barco. Como experimentado hombre de mar no hizo ningún esfuerzo para no desgastarse. Agarrado a su tabla flotó durante toda la noche hasta que llegó el nuevo día, que le encontró solo en la inmensidad del mar donde no volaba ni una gaviota. Eran más o menos las 9 a 10 de la mañana cuando de pronto lo sorprendió un terrible mordisco en una de sus piernas y la sangre que comenzó a derramar teñía la superficie del mar donde se encontraba y en un giro desesperado observó a la fiera del mar que se alejaba para regresar muy pronto. Se trataba de un enorme tiburón. En alta mar el agua es transparente y se puede ver hasta unos 10 metros hacia el fondo, el animal volvió al ataque e Indulfo lo enfrentó con la tabla, único elemento que tenía para defenderse. Se entabló de esta manera una lucha desigual entre el hombre y la fiera. Esta desaparecía en las profundidades solo para regresar después de unos minutos a terminar con su presa. A pesar de su excelente estado físico y su experiencia, Indulfo comprendió que iba a morir, ya que sus fuerzas le estaban abandonando debido a la pérdida de sangre. Pero no estaba dispuesto a sucumbir sin luchar. Haciendo uso de todas sus facultades y pidiéndole a Dios que le ayudara, en una de las embestidas de la bestia logra herirla con el pedazo de tabla que era su única arma. Era ya casi medio día cuando el animal se alejó definitivamente pero Indulfo desfallecía. Se encomendó a Dios, cerró los ojos y se resignó a su destino. Justo en ese momento, antes de caer en la inconsciencia, le pareció oír una voz que decía: allí está... Había llegado la patrulla que le buscaba. Lo llevaron a tierra, entre la desesperación de la gente y su familia. Allí intervino Doña Isabel Estrada y en una avioneta lo envió inmediatamente a la clínica Guayaquil, donde se encontró con Vidal al que también habían auxiliado y estaba en la misma clínica. Nadie apareció para recompensarle nada, ni siquiera los 15 sucres diarios que ganaba, solamente la filantropía de esa matrona doña Isabel Estrada y la gracia de Dios hicieron que viva hasta ahora entre su familia. |