| Los últimos balseros de nuestro mar |
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Son las dos de la madrugada cuando Luís Yagual baja del poblado de General Villamil hacia la playa donde se reunirá con los Mite, los Tigrero y demás compañeros de las balsas. Se ha despertado con el canto del gallo y como aún es verano en la costa, se abriga con dos camisas viejas, un suéter más viejo todavía y una gorra. Lleva soga, lanza, anzuelo, cuchillo bien afilado y arpón por si ataca un pescado bravo. Una botella con agua de ver y su atarraya remendada. Mientras contempla al "lucero huya" que sale por el este, camina como atraído por el olor del mar. Silbando una antigua tonada que escuchó tararear a los abuelos. Recuerda su infancia, cuando observaba atentamente los movimientos de su padre, anhelando pasar de los seis años para ganarse el derecho de aprender a navegar como solo un balsero sabe hacerlo. Entonces esa playa alineaba más de 200 balsillas y casi todos los hombres del lugar vivían contentos del producto de la pesca, abundante en corvina, pargos, chuhuecos, bagres y otras especies que hoy, debido a la presencia de embarcaciones motorizadas escasean la mayor parte del tiempo. ...la primea vez que lo llevaron, le ataron una cuerda a la cintura para sostenerse al palo de la vela. El mar estaba como algodón por el oleaje picado. Resbaló, pero por las mismas |